
Un 20 de febrero de 1967 nacía Kurt Cobain, la voz más reconocible de Nirvana y, para muchos, el gran símbolo del grunge.
Más que un género, el grunge fue un clima emocional: una forma de cantar la desazón sin maquillaje. No prometía finales felices. Mostraba una generación que, entre la ironía y la angustia, aprendió a convivir con la melancolía, la incertidumbre y esa sensación de “no encajar” que en los 90 se volvió banda sonora.
El problema es que, tres décadas después, esa desazón no desapareció: cambió de forma y se multiplicó.
Hoy, la tristeza y el vacío no llegan solo desde la música o el barrio: llegan en HD y a toda hora. La comparación constante, la presión por “ser alguien”, la ansiedad por el futuro, la exigencia de rendimiento, el miedo a quedarse afuera, la hiperconexión que te deja paradójicamente más solo. Y, en el fondo, una idea peligrosa que se repite en voz baja: “no hay salida”.
Los datos que circulan en el mundo no son una opinión: son una alarma. La OMS estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año y que, en 2021, fue la tercera causa de muerte entre los 15 y 29 años a nivel global. Y en Argentina, UNICEF advirtió hace años que el suicidio en la adolescencia mostró un crecimiento fuerte en las últimas décadas y llegó a ubicarse entre las principales causas de muerte en edades jóvenes.
No se trata de romantizar el dolor —como a veces se romantizó el “genio atormentado”— ni de convertir a Cobain en excusa. Se trata de entender por qué su historia, su obra y su final todavía nos incomodan: porque nos obligan a mirar algo que preferimos barrer debajo de la alfombra.
En los 90, la angustia tenía menos vitrinas. Había menos exposición. Menos “todo el tiempo”. Hoy, muchos chicos viven con el acelerador clavado: emociones intensas, identidad en construcción, vínculos frágiles, y una realidad económica y social que a veces no ofrece horizonte. Eso genera una insatisfacción crónica: nada alcanza, nada dura, todo se reemplaza.
Se consume música, cuerpos, vidas y expectativas con la misma velocidad con la que se scrollea.
Y ahí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué lugar estamos dejando para que los jóvenes puedan sentirse acompañados, escuchados, sostenidos, sin que les pidamos performance?
Porque si algo dejó claro Cobain —más allá del mito— es que el talento no vacuna contra el sufrimiento. Y que el silencio, cuando se vuelve costumbre, puede ser un abismo.
Quizás el verdadero homenaje no sea poner “Smells Like Teen Spirit” y listo. Quizás sea animarnos a hablar en serio de salud mental. A romper el paradigma noventoso de “aguantátela”. A enseñar que pedir ayuda no es debilidad. A construir tribu de verdad: familia, amigos, escuela, comunidad. A estar.
Y si hoy este texto te toca de cerca —si sos joven, si sos padre, si sos amigo, si sos docente— quedate con esto: no estás solo. Y pedir ayuda a tiempo puede cambiarlo todo.
Si vos o alguien que conocés está en crisis o se siente en riesgo, buscá ayuda urgente:
Argentina (emergencias): 911 / 107
Línea 135 (CABA y Gran Buenos Aires) / (011) 5275-1135 (desde todo el país)
