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El valor del quórum: cuando la responsabilidad institucional está por encima de la especulación política

La sesión convocada este jueves en el Senado de la Nación volvió a dejar una postal preocupante para la política argentina: la imposibilidad de debatir por falta de quórum.


Más allá de las diferencias partidarias y de las posiciones que cada legislador pueda tener sobre los temas en discusión, existe un principio básico del funcionamiento democrático que debería estar por encima de cualquier estrategia coyuntural: sentarse en la banca y dar el debate.


El temario de la jornada incluía el tratamiento de pliegos de acuerdos y el proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Sin embargo, la ausencia de senadores de distintos espacios políticos impidió alcanzar el número necesario para abrir la sesión.


En ese contexto, la senadora nacional por Salta, Flavia Royón, estuvo presente en el recinto y dio quórum para que la Cámara pudiera funcionar. Tras la frustrada sesión, sostuvo que “el Congreso no puede seguir paralizado por conflictos políticos ajenos al Poder Legislativo”, una definición que pone el foco en una discusión cada vez más vigente: ¿hasta qué punto la disputa política puede justificar la paralización de las instituciones?


La práctica de vaciar sesiones para impedir el tratamiento de determinados temas se ha convertido en una herramienta recurrente de distintos sectores políticos a lo largo de los años. Sin embargo, cada vez que eso ocurre, los proyectos quedan sin debate, las decisiones se postergan y la sociedad recibe una señal de bloqueo institucional.


Dar quórum no implica necesariamente acompañar una ley o compartir una posición política. Significa, en primer lugar, garantizar que el Congreso funcione y que los representantes elegidos por la ciudadanía puedan expresar sus argumentos en el ámbito que corresponde.


La discusión de fondo no debería ser quién gana o pierde una pulseada parlamentaria, sino cómo se fortalece la calidad institucional de un país que necesita más debate y menos parálisis. Porque cuando el Congreso no sesiona, no se silencian los conflictos: simplemente se posterga la posibilidad de resolverlos.


La presencia de legisladores dispuestos a habilitar el debate, aun en contextos de fuerte tensión política, representa una señal que merece ser destacada. En una democracia, las diferencias se procesan discutiendo, votando y asumiendo posiciones. No dejando las bancas vacías.

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